No todas esperan al príncipe

Titiritesa es una joven princesa que vive en el reino de Anteayer, donde su abolengo dicta que tiene que aprender a ser la perfecta esposa: recatada, “con modales”, entregada a seducir a ese príncipe que colmará su vida. Pero a Titiritesa le gusta embadurnarse en los charcos, conocer el mundo a lomos de un caballo y, sobre todo, no quiere que le digan a quién tiene que amar. De hecho, se enamora de otra princesa, Wendolina, y se casará con ella en otro reino menos prejuicioso, Pasadomañana.

El dramaturgo y actor Rafa Boeta ha realizado la adaptación teatral de este cuento de Xerardo Quintiá y Maurizio A.C. Quarello para Delfoteatro con un doble objetivo: por un lado, demostrar que hoy en día las princesas estereotipadas, abnegadas y pasivas ya no deberían protagonizar los cuentos con los que educamos a niñas y niños por sus valores sexistas y obsoletos y, por otro, visibilizar que el amor heterosexual no ha de ser el paradigma. Estrenada este año en Toledo, en la obra el actor interpretó a los personajes adultos del cuento y dos espectadoras se prestaron para ser las protagonistas, Titiritesa y Wendolina. El público, formado por niños y niñas de entre 5 y 7 años, opinó sobre la boda de las princesas con un “¡sí!” unánime. “No ven el problema, no entienden por qué hay que condenar la felicidad si no se hace daño a nadie”, recalca Boeta.

Parece que todo el mundo sabe la teoría, pero en la práctica, ver a dos princesas besándose en un escenario puede ser un shock. Y no solo en el escenario, también en la calle: dos mujeres u hombres de la mano o besándose todavía hace girar muchas cabezas. Y hay personas que no solo miran, sino que juzgan, insultan e incluso agreden. De hecho, en los dos últimos años se han multiplicado las agresiones homófobas en ciudades tan aparentemente modernas y progresistas como Madrid (en la Comunidad aumentaron un 34% en 2017 con respecto a 2016).

La normalización del amor entre mujeres sigue siendo una asignatura pendiente, aunque se van dando pasos. El Ayuntamiento de Madrid ha promocionado la manifestación del Orgullo de este año con una pareja de señoras que recuerdan los primeros eventos reivindicativos a los que acudieron décadas atrás, cuando estos no eran tan multitudinarios y festivos como los actuales. La noticia puede estar en un beso, como el que dio la tenista belga Alison Van Uytvanck a su novia para celebrar una victoria en el torneo de Wimbledon de este año. “Soy gay, no estoy enferma, esto no es una enfermedad. Siento que no debemos avergonzarnos por esto y por eso quiero ser libre”, declaró la tenista al saberse protagonista no solo por su juego sino también por su orientación sexual.

El Día del Orgullo acaba de conmemorar 40 años reivindicando que el amor es libre, no condenable, y que todos/as somos iguales más allá de nuestra orientación sexual y del género con el que nos identifiquemos.

40 años de travesía entre el reino gris de Anteayer y el reino multicolor de Pasadomañana, entre La Bella Durmiente y Titiritesa y Wendolina.

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